Santa Marta, mi bella durmiente Santa Marta – Colombia Full view

Santa Marta, mi bella durmiente

Por: Mauricio González G. | Fotos: Aldo Dalmazzo

El místico Ricardo de San Víctor escribió: "Del amor [brota] la manifestación, y de la manifestación la contemplación, y de la contemplación el conocimiento". Desde estas líneas puedo decir que conozco a Santa Marta. La he amado, se me ha revelado lentamente para ser contemplada, y en ese estado de atención he conocido sus pliegues, sus gestos y su magia.

No nací en la Costa Caribe; mi gentilicio es cachaco. Aprendí a tratar con el mundo en el frío de Bogotá. Aprendí que con el mundo exterior siempre debían mediar una puerta, un saco y una bufanda; aprendí a moverme poco y no bailar; aprendí que en tierra caliente hay que usar camiseta y bloqueador para entrar al mar. Nací en la Capital, pero esa fue siempre mi provincia. Amo Bogotá como la aman los bogotanos, con pasión y contradicción, y ese amor me llevó a Santa Marta.

Llegué a esta ciudad hace cuatro años para buscar un nuevo comienzo. Tuve una ventaja: No llegué a comparar los ritmos de vida entre Bogotá y Santa Marta; permití que esta ciudad se presentara, le di tiempo (la cogí suave) y me entregué a ella con humildad.

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Existen ciudades que tienen redoblantes cuando uno las visita, impactan los sentidos y se reverencia el poder del estruendo. Otras descansan en su tradición y es más la expectativa sobre su grandeza la que llena la experiencia del viajero. Mis favoritas son aquellas que descansan como una bella durmiente, que seducen con su quietud e invitan con coqueteos a recorrerla con paciencia: así es Santa Marta, o por lo menos la mía.

Mi primer trato con esta tierra me enseñó que no existe afuera y adentro. Las puertas permanecen abiertas y permiten que la brisa refresque la vida íntima. Y como si esta intrusión no fuera suficiente, este lugar me mostró el placer de sacar una mecedora a la calle al final de un día de hacer, para dedicarme a estar, a conversar sobre nada para sentir todo. Luego vino el descubrimiento de mi cuerpo, sentir que el sol en la piel es uno de los milagros de estar vivos y que la desnudez en el mar lo cura todo. Cuando menos lo esperé, había descubierto, como lo dijo alguna vez Nietzsche, que los días que cuentan son aquellos en los cuales danzamos.

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Después de la manifestación de estos ritmos vino la contemplación: el color, la música y el baile en las calles; los amigos espontáneos en el café y la facilidad para sonreír; las interminables playas del Tayrona, con sus guardianes blancos de roca y los picos nevados que se revelan al amanecer; el Centro Histórico y sus tesoros escondidos, y Taganga, el pueblo de pescadores que ha atrapado con su atarraya a cientos de extranjeros. Pero sobre todo, la Sierra Nevada de Santa Marta, hogar de Koguis, Arhuacos, Wiwas, Kankuamos y Wayús; donde duermen Ciudad Perdida, Ciudad Antigua o Pueblito, y existen más de cien especies de fauna y flora endémicas.

Santa Marta no se reveló, tuve que descubrirla, y con pequeñas experiencias, en lugares con espíritu, ella se fue convirtiendo en mi hogar; me creó una nueva manera de estar, una renovada forma de ser yo. Instantes como: la arepa e' huevo en una esquina de El Rodadero; la limonada de coco en Burukuka con un atardecer rojo en el horizonte; el pan de chocolate del panadero francés Michaël en La Canoa Café; una noche de rock en el memorable Crab's Bar; una tarde de sábado para oír a Heriberto Fiorillo o Santiago Mutis en la librería El Amanuense; bailar a cielo abierto sobre baldosas ajedrezadas en el bar del francés Remí La Puerta, o la comida del chef holandés Patric en Babaganoush con una vista del tranquilo mar de Taganga.

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Hace un año dejé Santa Marta, para vivir en la Sierra, a tan solo una hora de la ciudad. No pude alejarme demasiado, porque en ella y por ella cambié, y ella fue cómplice para que oyera el llamado del río, los pájaros y los árboles de caracolí centenarios.

En la tormenta de la Sierra, en los recovecos del Centro Histórico, en el corazón samario y el bramar del mar del Tayrona he encontrado las claves para empezar a resolver mi experiencia en el mundo. Aquí he entendido que el amor y la contemplación son las claves para hacer de un nuevo lugar un hogar. No desconozco los problemas y desafíos de esta ciudad, pero solo aquí, rodeado como estoy de enormes rocas, he entendido la profundidad de la frase del poeta argentino Lugones: "Yo que soy montañés sé lo que vale la amistad de la piedra para el alma".

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Written by ViveCaribe

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