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Tan samario como tú

Mi nombre es Gregorio “Guayacán” Cabuya, soy tan samario como un plato de cayeye cubierto de queso rallado y bañado de suero atollabuey. Soy hijo del mar y de la Sierra Nevada y he sobrevivido a la sequía, a la brisa loca, al desbordamiento de los ríos Gaira y Manzanares, a tempestades y huracanes, de cuyos nombres ya ni me acuerdo, casi me ahogo en un mar de leva, porque creí que las olas eran propicias para surfear con un pedazo de icopor y vi un rayo caer sobre una palmera, no muy lejos de mí, en la Playa de los Cocos.

Desde niño conocí el ardor que se siente al tener la espalda quemada por el sol y he vivido para contar cómo es ser picado por las agua malas, por un venenoso pez globo, por un erizo de fuego o ser atacado por una barracuda en Punta Aguja, una anguila morena detrás del morro, un enjambre de avispas angolito en los cerros de Taganga y una serpiente cascabel bajando el Ziruma. Soy pescador de oficio y de estirpe ancestral, tengo la sangre de los indígenas que aprendieron a hacer barcas con los troncos de caracolí, los mismos que transportaron a Taykú, el señor del oro, para que enseñara a los tayrona a tejer el precioso metal. También poseo la herencia de los esclavos africanos y de ellos ostento esta resistencia a las durezas del clima y este espíritu libre e indomable. De España obtuve el idioma, el amor a Dios y a la Virgencita del Carmen, la estrella del mar.

Niños en Santa Marta

Aprendí a leer y a escribir cuando era niño, y ayudaba a uno de mis tíos que se cansó de pescar y se fue a vender libros de segunda por el Liceo Celedón. Eso fue hace ya mucho tiempo, creo que Escalona todavía era estudiante. Ya más grande, empujando mi carreta, recorrí la ciudad entera vendiendo pescado. Caminé por El Centro, Pescaito, Gaira, El Rodadero, Pozos Colorados, Don Jaca, La Paz, María Eugenia, La Lucha, Jardín, El Cundí, Los Almendros, Bavaria, Los Alcázares. La llevé sin problemas por toda la avenida del Ferrocarril, de punta a punta, e incluso me metí a la Unimag, hasta el fondo, en Gorgona, a ofrecer lebranche, pargo y cojinova y a cambiar con los estudiantes uno que otro libro viejo de los que habían quedado de mi tío. Yo también he mirado el espejismo que brota de las calles de Santa Marta y he seguido caminando, porque era necesario seguir y llegar a mi destino. Quienes vivimos aquí sabemos que salir a estudiar, a trabajar o a ganarse la vida en Santa Marta es a otro precio, porque el calor es inclemente, el sol brilla como en el planeta Mercurio y cuando llueve las calles se inundan y reverberan en ellas el resplandor y la humedad.

Olas que mecen sueños

He pasado horas jugando dominó en la playa, esperando para recoger el trasmallo. Tomo cerveza y ron, siempre fríos, porque es la mejor excusa para disipar el calor. Muchas veces jugué fútbol en la arena, por eso sé que no hay mejor arco para hacer un gol que dos palmeras torcidas en la playa y que no existe mejor forma de celebrarlo que hacer maromas hasta alcanzar las olas, exhausto y feliz. Tuve el privilegio de crecer protegido por la Sierra Nevada, esa montaña inmensa que es madre de todos los que nacimos en esta tierra, que calma nuestra sed y nos inspira a seguir adelante. Viendo sus picos elevados los samarios conocimos el significado de la humildad y después, al volver el rostro y ver la inmensidad del mar, reconocimos también que no existen límites.

Soy Gregorio “Guayacán” Cabuya, tan samario como el Pibe o Carlos Vives, como de pronto tú que lees esto y como muchos de los que detienen la buseta con un chiflido y un grito de “¡Aguántalo!”; o como el olor del dulce de guayaba, de tamarindo y de corozo o el sonido de esas olas que mecen los sueños en las siestas después del almuerzo.

Written by Revista Vive

Revista Vive Caribe. Queremos ser un espacio de encuentro de nuestra cultura e identidad. Estamos agradecidos y sorprendidos por la gran acogida de nuestra revista. Seguimos viviendo, creciendo, dándonos a conocer. Agradecemos a quienes nos han apoyado en este camino.

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