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Santa Marta, el día que naciste

Por Darío Ernesto

Era un 29 de julio, como hoy. El cielo nublado presagiaba la lluvia y las suaves caricias del viento se desplazaban en un entorno de humedad y calor. Era entonces el brillo de las aguas del mar y también el verde de la vegetación exuberante. Rodrigo de Bastidas llegó de Santo Domingo, en la isla La Española (actual República Dominicana) con más de 200 personas. Era la capitulación de varios intentos por colonizar tierra firme. Desembarcaron y emprendieron la construcción de casas de paja y madera cortada de los árboles cerca a la playa. También utilizaron troncos de los mismos barcos que Bastidas mandó a hundir para que a nadie le diera la tentación de regresar.

El historiador Arturo E. Bermúdez, en su libro Materiales para la historia de Santa Marta (1997) nos ilustra cómo fue ese primer asentamiento, que se convirtió en la primera colonia española en territorio colombiano: “Bastidas trazó una plazoleta alrededor de la cual levantaron las primeras casas […], y durante muchos días estuvieron todos trabajando en sus habitaciones de madera y paja dispuestas alrededor de la plaza conformada en U abierta al mar”.

Allí quedaron ellos, aislados por el inmenso mar, a merced de los mosquitos, de sus propios miedos y de todas las incertidumbres de una Sierra Nevada tan grande como desconocida, que los cubría con su manto silencioso de misterio y soledad.

Plano primitivo de Santa Marta

La iglesia era la construcción más próxima a la playa y la formación en U les permitía tener un acceso libre al mar, en caso de algún ataque de los indígenas. En los alrededores de la bahía de Santa Marta habitaban los matunas, en lo que hoy se conoce como el barrio Mamatoco. Pero estas eran comunidades pacíficas y tenían sus cultivos en la cercanía del río Manzanares. Al norte de la bahía, en donde hoy se encuentra el puerto marítimo, existían unas salinas naturales que los indígenas utilizaban para preparar sus alimentos y comerciar.

Taganga y Gaira eran entonces, al igual que Mamatoco, poblaciones indígenas, y contrario a lo que pensaron los primeros españoles, comenzaron a intercambiar productos y a comerciar con ellos.

Ese fue el inicio de un largo viaje en el tiempo, un viaje de alegrías, de descubrimientos, de logros, de hazañas y celebraciones; pero también de guerras, hambre, rebeliones y muerte. Los primeros ataques no vinieron de tierra firme, sino de los piratas. En sus próximos dos siglos de historia Santa Marta iba a ser atacada por los piratas más de 45 veces. Tendría que soportar períodos de hambre y miseria, y epidemias devastadoras como el tifo y el cólera.

Hoy, mucho tiempo después, la ciudad celebra 491 años de ese primer día. En el mundo entero le reconocen su antigüedad, sus virtudes y su belleza. Ya no están los piratas, las salinas desaparecieron, el río todavía fluye como negándose a morir, la Sierra Nevada, aunque en evidente deterioro, sigue allí, tan inmensa como antes. Aprendimos a homenajear al mar, pero todavía luchamos por aprender a cuidarlo. De aquellos 200 primeros habitantes ya se cuentan en cientos de miles. Tal vez, reencontrándonos con ese primer día donde todo comenzó para nuestra identidad samaria, podremos valorar y entender el sentido de tan largo viaje y planificar mejor nuestro futuro.

Morro de Santa Marta

Written by Revista Vive

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