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¿Amor o enamoramiento?

Por Bruno Moreno

Sabemos ya que el enamoramiento es un sentimiento, una pasión, una sensación, y la finalidad del enamoramiento es convertirse en amor, el enamoramiento es el aperitivo y el plato fuerte es el amor, el amor no es un sentimiento, sino la entrega de uno mismo por la persona amada, es una decisión.

Esta naturaleza radicalmente distinta de amor y enamoramiento tiene consecuencias cruciales para los matrimonios. Ante todo, destruye la desesperanza que lleva al divorcio a tantos esposos. No tiene sentido decir que “el amor se ha acabado” si amar es algo voluntario y que depende de nosotros. Cuando un sentimiento se acaba, no podemos recuperarlo a base de fuerza de voluntad, pero si “se ha acabado el amor”, sí que podemos hacer algo: amar.

Se suele decir que el amor es ciego, pero no es verdad. Lo que es ciego es el enamoramiento. O por lo menos, es tuerto. Enamorarse produce un sentimiento tan fuerte que impide a un enamorado ver los defectos del objeto de su enamoramiento. Al contrario, tiende a idealizar ese objeto, fijándose únicamente en sus cualidades, sin tener en cuenta sus fallos o al menos dulcificando esos fallos y considerándolos a la luz más favorable posible. Esto es bueno, porque constituye una ayuda para emprender la maravillosa (pero también aterradora) aventura del matrimonio. Sin el “empujón” del enamoramiento, sería mucho más difícil emprender esa aventura (aunque ciertamente no imposible, como muestran innumerables matrimonios concertados felices que ha habido a lo largo de la historia).

Como sucede en muchos otros ámbitos de la vida, la pasión tiende a cegarnos y lo que nos va abriendo los ojos es el auténtico amor. De hecho, un buen matrimonio es un largo proceso en el que se va pasando de la idealización del enamoramiento al auténtico amor, mucho más profundo, que ama a la otra persona como es en realidad, siendo consciente de los fallos del otro. Nadie conoce mejor a un hombre que su mujer y viceversa (con la salvedad de que los hombres solemos ser bastante más torpes en estas cosas, claro).

En cambio, si se ha basado el matrimonio en un supuesto “amor” que, en realidad, no era más que sentimiento, esa experiencia de abrir los ojos se percibe erróneamente como un desastre. Cuando una esposa dice “ya no es el mismo hombre con el que me casé”, está confundiendo las cosas. Cuando el marido protesta “de novia no eras así”, se engaña a sí mismo. De hecho, el verdadero problema de los dos es exactamente el contrario: que ese marido sí que es el mismo con el que se casó, que esa mujer es la misma que fue su novia. Lo que ha sucedido es que han empezado a conocer al otro realmente como es y descubren con horror sus fallos, defectos y pecados, que, según los casos, pueden ser irritantes, serios o gravísimos. En esa situación, la reacción inmadura (y generalizada hoy en día) es huir de lo que a uno no le gusta y cambiar la realidad por la idealización, el amor real del matrimonio existente por el amor imaginario que no es más que enamoramiento (o, más probablemente, enamoramientos sucesivos, porque la misma situación se repite en el siguiente intento de “rehacer la vida”).

En cambio, una correcta antropología revela que, en esos casos, lo que sucede es que el matrimonio ha llegado a un momento crucial (palabra que no por casualidad viene de “cruz”). Se trata de una oportunidad única de transformar el amor incipiente del comienzo, apoyado en las muletas del enamoramiento, en un amor real, adulto y mucho más profundo, que camina por su propio pie. Por supuesto, como saben todos los casados, esta transformación no es fácil, sino que exige morir a uno mismo muchas veces, pero merece la pena. El amor maduro y pleno hace que cada uno de los esposos ya no exija la recompensa inmediata de un sentimiento cálido para entregarse al otro y dar la vida por él, sino que pueda hacerlo sin esperar nada a cambio. Eso es precisamente la definición de amor, que no es un trueque o un intercambio de servicios, sino entregarse a uno mismo sin exigir nada a cambio.

Decíamos más arriba que la idolatría del enamoramiento es, en realidad, una tendencia profundamente narcisista. En cambio, el amor (y el enamoramiento bien entendido, que se funde en ese amor) es exactamente lo contrario, porque el amor busca el bien de la persona amada, no el propio. Se suele poner a los novios como el ejemplo del amor más intenso, pero eso no es más que otro engaño, heredero en buena parte de los folletines del siglo XIX, con una buena dosis añadida del pansexualismo del XX. El amor auténticamente profundo es el de los esposos que han permanecido fieles el uno al otro durante los avatares de la vida, que conocen los defectos del otro, que saben amar también cuando el otro no se lo merece.

Los cónyuges están llamados a amarse con ese amor, a dar la vida el uno por el otro, también cuando el otro no corresponde (es decir, cuando actúa como un enemigo), y pueden hacerlo con la gracia de Dios.

Paradójicamente, sólo si el enamoramiento se “humilla”, reconociendo que lo verdaderamente importante es el amor, es cuando puede cumplir esa promesa de eternidad que siempre lleva dentro. El enamoramiento sólo puede durar y pervivir fundiéndose en un amor real, hasta hacerse una sola cosa con él. El enamoramiento y el amor se parecen a la semilla y al árbol que crece de ella. Si la semilla no se convierte en un árbol, lo que sucede es que se pudre y se pierde.

Del mismo modo, un enamoramiento que no es capaz de transformarse en amor matrimonial, sólido y cotidiano, inevitablemente desaparece, defraudando las expectativas de quienes lo idolatraban, pero si da fruto, ese fruto durará toda la vida.

Written by Revista Vive

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